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Wednesday, November 30, 2011

construyendo, que es gerundio.


A uno Hollywood le ha vendido la idea de que si vas a “construir” algo con alguien más tiene que ser con una pareja. Y en el mundo existe ya demasiada gente que compró esa idea.

La primera sospecha de que no siempre tenía que ser así, la tuve yo hace unos años cuando una de mis mejores amigas me mando un correo que decía “a veces extraño la sensación de pensar vainas con ud, a ver qué resultaba”. Conspirar, creo que lo llamaba. Debió ser la primera vez que pensé que en efecto, en esas tardes llenas y llenas de conversaciones, nosotras construíamos cosas basadas solo en la premisa “a ver que sale”. Pero de ahí salieron muchas cosas buenas. Cosas, que han permitido que sigamos siendo amigas, 2 continentes y no se ya cuántos países de por medio.

Luego tome la decisión de acabar con el tema de los grandes grupos, las grandes fiestas y los relajos para tomar fotos que compartir en facebook. Creo que lo escribí por acá también. Si vas a ser amiga de una persona, invierte tiempo y espacio en esa persona, pero no trates de hacerlo con una mesa de 50 gatos, por que eso se llama “mentir para convivir”. Al final nunca hablas con el de la otra esquina y esas conversaciones de mentiras, no construyen nada bueno. Amistades “de calidad” me permití llamarlo.

Y hasta ahí había pensado yo. Sin embargo, el fin de semana viendo interactuar a un grupo de amigos me di cuenta (incluso con las escasas 2 neuronas que yo tenia) que hay otro nivel. El nivel en donde si construyes, no sólo compartes un espacio, o una hora de charla. No, la idea es que construyen. Te trazas metas, planes, aspiraciones, horarios, agendas, grupos de apoyo y demás. Es un nivel mucho mucho más allá. Esta gente me demostró caminando un supermercado que no hay ningún problema en pedirle a tus amigos que te soporten una idea. Ya no es sólo la amistad como tabla de salvavidas….es la amistad como escalera!!.

Ha sido muy raro asimilar esa idea. En el concepto más egoísta de mi vida todas las metas que yo me he propuesto lograr o aquellas a las que ya renuncie, han sido sólo mías. Incluso cuando viví con alguien más, el asunto era la renta, no compartir ni mucho menos construir algo más. Mi error, claro, a estas alturas lo puedo admitir.

Y entonces la pregunta está en: en determinado momento yo también tuve que comprar la idea con la que empecé, no?. Es decir, si había pensado que dado que no quiero una pareja, pero si quiero lograr cosas, entonces las tengo que lograr sola, es por que claramente no me había dado cuenta que uno puede construir muchas cosas con esa gente que ya llamas amigos.

Raro, les digo. De hecho vengo a escribir un poco el asunto como puro ejercicio de catarsis, a ver si puedo entender un poco mejor lo que quiero explicar. Hasta el momento todo se ha reducido a  darle vueltas a la misma idea: el respeto por la soledad ajena no tiene que ir de la mano con el egoísmo. O al menos con eso que yo ya había llamado “egoísmo malo”.

Tal vez todo recaiga en esa idea: ud ya asumió que ud es la persona más importante de su vida, pero eso no significa que tenga que ser una isla (I´m Fuckkiiiinggg IBIZA). Si se puede tejer puentes (los puentes, se tejen??), si se puede plantearse metas y construir retos en compañía. Al final, ser lo mejor de la vida de alguien más, le exige también ser lo mejor de la suya. No se si me estoy haciendo entender.

Lo otro que me pasa con estos temas es que tengo esa horrible sensación de llegar muy tarde a un chisme que estaba ahí desde el principio. Como el tipo que afirma que acaba de descubrir “Teotihuacán” o algo así.
A lo mejor todo se reduce a hablarlo con los de siempre y “ver qué sale”.

En todo caso, y celebrando que los blogs no han muerto, levante la mano el que me entiende. 

Friday, November 11, 2011

Serendipity (a.k.a capacidad de asombro)


Algo en lo que sigo fallando mucho acá en México es en poder explicarles a mis amigos mexicanos por que no pierdo la capacidad de sorprenderme al vivir en este país.

La teoría indicaría que cuando vives en el país del surrealismo o en una ciudad con 23 millones de almas más, pues terminas por acostumbrarte. Y pierdes la capacidad de asombro.

El asunto es que cuando vives en una ciudad de 23 millones de personas y los ciclos se cierran y todo “embona” y conoces a la gente correcta y todo sale a pedir de boca, incluso en las noches en la que ya no pides nada, pues no puedes hacer otra cosa que sorprenderte. Por que la cadena de eventos afortunados es larga, y esto que la gente llama “serendepity” no solía jugar a favor mío.  

Pero ahora si. Uds no están para saberlo, y seguramente yo no estoy para contarlo, pero la historia comienza con el blog de una niña que ya que no puede hacerse una mujer rica se convierte en una mujer sabrosa. Y acaba con una gran escritora y un libro sobre un general que se parece mucho a un coronel. Y una familia a la cual no le he pedido formalmente la adopción por que todavía tengo alguito de pudor. Y un concierto al que fui por “no dejar”. Hasta ahí.

Pero entonces en pleno concierto Joaquin Sabina decide invitar al escenario a Ángeles Mastreta. La misma Ángeles Mastreta que escribió “Arráncame la vida”, que es uno de los mejores libros mexicanos, contando la historia de un general, que se parece mucho a un coronel. Afortunadamente se parecen sólo en las cosas buenas.

Así que ahí estamos. Sabina, Mastreta y el Auditorio Nacional. Y lo mejor mejor mejor todo es que bien hubiera podido ser una charla entre amigos. Una sobremesa entre conocidos. Por supuesto subió a cantar “Arráncame la vida” que además es un bolero que está en la banda sonora de mi existencia desde la infancia. Así que como ven, TODO, cierra. Y por eso no pierdo la capacidad de sorprenderme. Y por eso, me encanta vivir acá, en donde pasan estas cosas

Les dejo muchas cosas para que entiendan mejor la historia.


El blog de la hija de Mastreta, con una de las mejores frases: “poco se ha escrito sobre las alegrías que dan los padres”.

Y un humilde video que grabe de tan emocionante momento.


Levante la mano el que me entienda. 

Monday, August 29, 2011

Mi gato y yo


Mi gato ODIA al veterinario. De hecho, yo creía que odiaba a algunas personas hasta que vi la forma en que mi gato ODIA a su veterinario. Ahí me di cuenta que a mí me hace falta esfuerzo para odiar así. De ese odio que consume y al mismo tiempo te da fuerzas para vivir. Un motivo. Bueno, yo tengo que admitir que me gana la pereza para odiar así, pero el sábado comprobé que mi gato si ODIA así.

Tuve que llevarlo al veterinario por que se había hecho daño arrancándose un pedazo de pelo en el proceso de “bañarse” y se infecto y yo, que ahora sólo tengo tiempo para trabajar, me di cuenta muy tarde. La fórmula perfecta para una visita garantizada.  

Automáticamente me convertí en una traidora. De la peor calaña. Durante el tiempo que estuve en la veterinaria y como 5 horas después ni siquiera se dejaba tocar por mí.

El veterinario, que ya lo conoce, me advirtió de entrada que esta vez sí tenía que examinarlo y que por lo tanto tenía que  sedarlo para que se dejara tocar. No había la opción de siempre de ponerle la vacuna mientras yo le hablo por el otro lado de la jaula y que ni se estrese por que intentamos sacarlo de su cajita de viaje. Así que me vi en la obligación de aceptar y firmar que sedaran al gato.

Ahora, lo que no hicimos, claro, fue preguntarle al gato si pensaba cooperar. Yo  no sé si uds han sido testigos de la lucha de un gato, por puro y físico orgullo, contra los medicamentos, pero yo lo vi el sábado y es impresionante. Tuvieron que ponerle 4 dosis de sedante, por que el gato se REHUSO, así, en mayúscula sostenida, a tranquilizarse, a pesar de los medicamentos. A pesar de todo, de hecho. Si se iba quedando quieto, y ahorraba energía simulando dormir mientras lo dejaban sólo conmigo. Pero en cuanto entraba el veterinario, aún borracho de fármacos, sacaba las uñas y gruñía y de hecho alcanzo a volverle una miseria el antebrazo al enfermero (Bravo por el gato) antes de que superar la paciencia del médico que decidió inyectarlo una dosis muy fuerte que finalmente acabo tumbándolo. Así, como si le hubiera dado un mazazo.

Fue la única manera. Fue tan brutal que creo que yo debí hacer alguna cara de horror por que el veterinario después me aseguro que JAMAS tumba así un gato. Que se limitan a dejar que las drogan lo atonten y la mayoría de los felinos se quedan tranquilos. Gatos salvajes incluidos.

Pero no mi gato. Hasta que lo tumbaron peleo con todo lo que su orgullo le dio. Una batalla perdida, porque nadie le gana a los fármacos. Respiraba rápido para no calmarse y reaccionaba a cada estimulo externo q no fuera yo obligándose a ponerse medianamente de pie, gruñir y mandar zarpazos. Al final de la tercera dosis incluso a mi me mandaba zarpazos, estoy segura, solo porque así se aseguraba que no se iba a quedar dormir. Impresionante, en verdad. Yo jamás había visto semejante nivel de terquedad.

La enseñanza de la historia es que al final, el gato perdió mucho más de lo que gano. El veterinario, medio desesperado de la hora que había perdido tratando de dormir un gato, decidió el tratamiento más rápido que incluyo raparle una parte de pelo. Y estoy segura que fue una pequeña venganza personal la forma en que lo rapo. Porque ahora el gato se ve ridículo. Así, como french poodle mal peluqueado. Hasta ahí el punto para  el orgullo del gato.

Si se hubiera rendido a la primera dosis, hubiéramos salido de ahí muy rápido, con un corte decente y mucha menos droga en su sistema. Droga que lo tuvo borracho todooooo el resto del sábado. Y eso sin contar con el estrés de todo el tema. Como 5 horas después todavía brincaba por cada ruido, ya en casa.
Y entonces me acorde que yo misma he peleado así, por puro orgullo, en más ocasiones de las que me gustaría confesar. Igual de épico, si uno se pone a mirar la historia desde el lado literario, pero igual de estúpido si miramos solo los resultados.

Miren por donde recibe uno lecciones ahora en la vida. Yo vivo ahora con un gato que me recuerda mucho mucho a la que yo era hace unos años.

Levante la mano el que me entienda. 

Thursday, August 11, 2011

Rodando en tierras aztecas


Hace un par de años tengo la costumbre de salir a montar en bici con un grupo de gente q se reúne a rodar los miércoles para recorrer la ciudad, aprovechando que se juntan mucha gente. Experiencias dentro de ese grupo he tenido muchas, algunas buenas otras ya no tanto – vistas en el tiempo. Lo que si todavía tengo que admitir es que en ese grupo he conocido las mejores prácticas de solidaridad.

Lo primero que uno nota cuando llega al punto de reunión es que TODO el mundo saluda como si te conociera. Desde que vayas en bici, eres amiguito, y entonces te saludan como si te vieran todos los días. Sepa dios quienes son, pero terminas hablando con cuanto extraño se te cruce por en frente, nada más porque lleva la garantía de ir sobre una bici.

Lo segundo es que nadie del grupo se queda atrás.  Si alguien pincha (poncha en mexicano) o se le daña la cadena, o se le jode la bici, o se cae, etc, etc, etc, TODO el grupo frena y espera. Haya lo que haya que hacer. En una ocasión llamaron ambulancias y todo. Y más de 200 personas esperamos tranquilamente (juiciosamente, en colombiano) a que se solucionara el problema y pudiéramos seguir.

Es costumbre dentro del grupo que la gente de adelante va gritando los obstáculos del camino a los que van atrás. O sea, uno va avisando que hay un hueco, que hay un charco, que hay vidrios en la vía, etc, etc, etc. La idea es ir avisando, literal, con qué se van a encontrar los que van un poco más rezagados. Es muy bonito, sobre todo cuándo se te olvida llevar las gafas y tu en realidad no estás viendo por dónde vas. No importa, te lo van gritando.

Si hay subidas demasiado empinadas siempre hay alguien te empuja. Literal. Normalmente alguien se pone al lado tuyo – cuando uno ya va en los últimos estertores de su respiración – y con el simple hecho de ponerte la mano en la espalda y empujar, la verdad es que si ganas impulso y eso te ayuda un montón a salir de las pendientes. Es increíble, pero cierto. Pasa y es lo más desinteresado que yo he visto. Nada de “pues te quedas ahí por floja”, sino que se intenta que todos vayamos al mismo tiempo. Eso es muy chévere.

Y al final, la mayor de las manifestaciones de “buena gente” es que me admiten a mi en ese grupo. No saben lo mucho que yo noto siempre que “una de estas cosas no es cómo las otras” cuando voy a rodar con ellos.

Pa empezar, tienen toda una identidad como grupo que yo me rehusó a adoptar. Tienen slogan, lo cantan, tienen gritos de hermandad, y bla bla bla que yo Jamás pronuncio en voz alta. Ni susurro, pal caso. Así que siempre que andan gritando y cantando “eaaaa eaaaa pedaleaaa” hay por ahí una niña con cara de empute que va diciendo “no, no cantes, por favor no cantes”. Y no me han sacado a patadas por pura buenas personas. Aunque canten himnos.

Segundo, soy la que JAMAS sabe por dónde va. Hay otra bonita costumbre que es ir avisando por donde se va a mover el “pelotón” si vas reconociendo el camino. Se gritan cosas como “derecho hasta Vallejo” o “De acá hasta el eje” o vainas así. Yo JAMAS se de qué me hablan. POR mi gritaba sólo cosas como “arriba, abajo, alrededor, alrededor” o un máximo de “cercaaaaaa, leeeeejos”. Pero ni eso, por que me da pena. Así que siempre soy la niña que no avisa por donde se va moviendo. #yomuymal.

Y por último, yo grito para visar con palabras que nadie entiende. SIEMPRE. Así, mientras todo el mundo grita “hoyooo” a mi se me olvida hablar en mexicano y grito muy en colombiano “huecoooooooo” y el de atrás sólo pregunta “Quéee?. O a cambio de gritar “coladera” grito “alcantarilla”, con lo cual sólo consigo demorarme más, por que esa palabra no la entiendan acá. Y la GRAN cereza del pastel fue anoche, que por andar oyendo música colombiana al mismo momento se me hizo muy fácil gritar “Policía acostado” a cambio del simple “TOPE”. TOPE. No puede ser que uno no sea capaz de gritar TOPE!. Es tan sencillo que da pena. Y a mi se me ocurre cambiarlo por “Policía Acostado” que no sólo es inútil, sino que es una de esas vergüenzas nacionales que ningún colombiano debería aceptar en público.

Y aún así, anoche, nadie nadie me dijo “no, mira, la verdad es que así no podemos”.

Al contrario. Les digo que los mexicanos son los mejores amigos.

Levante la mano el que me entienda.