....es OTRO mundo
En Colombia pa tener una Hummer último modelo uno tiene que ser Narco, o Paramilitar, o guerrillero. En todo caso, traficar con drogas.
En México todo lo que se necesita es ser parte de un sindicato. Si es de maestros es más rapido!.
Bueno, pues yo ya voy en el camino correcto. Yo YA pertenezco a un sindicato....Hummers modelo 2025 allá voy!!!
Monday, October 13, 2008
No es Primer Mundo
Friday, October 10, 2008
La foto es de una publicidad para que uses MSN que me encontré en un baño de un centro comercial.
1. Si, acá hay publicidades hasta en los espejos de los baños. Los más bacanos y plays tienen pantallas de televisión que a la vez son espejos. Esos si son divertidos
2. MSN necesita publicidad?. Yo quiero trabajar en la agencia que maneja esa cuenta, por que se nota que tienen que sufrirlo.
Monday, October 06, 2008
Décimas del Parecido
Llega una edad en donde uno mismo reconoce gestos de sus padres en sus actuaciones diarias. Ya no necesitamos a alguien que nos diga lo mucho que nos parecemos a nuestros padres. El tema empieza a ser evidente incluso a 16,000 kms de distancia.
Para mi el asunto siempre fue mas sencillo por que yo siempre he sabido que soy idéntica a mi mamá. Una versión crespa y con más pecas. Pero aún así, el parecido es tan evidente que es algo que siempre he sabido con toda certeza: “la oveja por la lana, y la hija por la mamá”.
Cuando tenía entre 6-7 años me lo decían todos los amigos de mis papas que iban a la casa. Ya saben, el típico señor que lo saluda a uno revolviéndole el pelo mientra exclama “pero esta si es igualita a la mamá”. A mi me molestaba mucho que me tocaran (cuál es la manía de ir despelucando niños, como si no se pudieran saludar con la mano, como el resto de la humanidad??) pero la afirmación del parecido – en esa fecha – me parecía mentira. Como podían parecerse una niña de 7 años y una señora de 35??. Yo para esa fecha me miraba en el espejo y solo veía que teníamos el mismo color de ojos (eso cambiaria después).
Para la época en que tenía como 18 años, y ya iba a la Universidad, un día llegamos a la casa con el mismo peinado. Supongo que la culpa fue mía por ir a su misma peluquería, y para más, en el Club Militar. Esa noche, cuando nos miramos con el mismo “look”, descubrí que era cierto: yo era una versión crespa y con los ojos verdes (me cambiaron de color como a los 12 años) de mi mamá. El asunto, debo admitirlo, me impacto más a mí que a ella. Recuerdo esos días como algo extrañísimo. Yo me veía en el espejo y era totalmente capaz de verla a ella. Fue la misma época en que empezó a enseñarme a maquillarme, y he de admitir que el parecido ayudo mucho. Era sencillo imitarla, por que es que yo si sentía que estaba repitiendo sus movimientos incluso en su misma cara. De aquella época conservamos el acuerdo tácito de no peinarnos igual.
Cuando tenía como 23 años, y ya me movía con cierta independencia por Bogotá un día llegue tardísimo a acompañarla a una visita. De hecho, ella ya estaba ahí, y yo solo recuerdo que entre corriendo y me senté en la silla tratando de aparentar que yo estaba ahí hacia por lo menos una hora. Mi mamá me saludo con un gesto de la cabeza y soltó una frase inocente para recuperar el ambiente (al menos para ella)
- Miren, así me sentaba yo cuando tenía su edad. Pisándome los pies.
La frase para el resto de la visita pasó como si nada. A mi me cayo como un baldado de agua fría. Yo jamás la había visto sentándose así, y para mi, era uno de mis pocos gestos “no aprendidos”. Lo peor es que no me fue difícil imaginármela, finalmente en casa hay un montón de fotos e historias de mi mamá a mi edad, defendiendo el uso de los pantalones en las mujeres en plena universidad pública y en la época de la minifalda. Sentarse así es una forma muy cómoda de hacerlo cuando se va de pantalones, era por lo tanto muy claro que la idea no fue mía.
Para la época en que trabajaba en “la casi de nari” y mi mamá fue a mi oficina a visitarme yo ya consideraba un orgullo parecerme a ella. He sido testigo, muchas veces, de personas que se quedan mirándola en la calle, e incluso tenemos cientos de historias de taxistas, señores y amigos que le han coqueteado de frente, aún delante de hijos, sobrinos e incluso de mi papá. En esos años mi mamá tuvo que pasar todo un día en mi oficina esperando que yo pudiera desocuparme y acompañarla a ya no recuerdo donde. El desfile de gente ese día por la oficina fue impresionante. Desde mis ex jefes a antiguos compañeros de oficina, todos querían hablar con ellos y todos salían con la misma frase en la boca “qué bonita es tu mamá, y que lindos ojos tiene”. Yo solía pensar que era muy injusto que a mí me cambiaran los ojos, evitando parecerme en lo que más envidio: ese tono azul de mi mamá.
Cuando viajamos a Argentina yo ya usaba el parecido con mi mamá como señal de identificación. No tengo reparo alguno en preguntarle a alguien en la calle si ha visto a una señora “que es igualita a mi, bueno, yo a ella, pero ud me entiende, la ha visto?”. En ese país me dieron la mejor respuesta a esa señal: “Cheee, es imposible que haya más igual”.
En Bogotá el tema me hacía sufrir por que gente que no recordaba me detenía en la calle con la misma frase “tu TIENES que ser la hija de, no??”. Y ni cómo negarlo. El problema es que yo siempre llegaba a mi casa, también con la misma frase “Mamá, un amigo tuyo que yo no tengo idea quien es, te manda saludos”. Acá en México extraño montones tener un referente así de fuerte de donde vengo yo.
Acá, de hecho, yo no había pensado en este tema hasta el día de ayer. El asunto de lo parecida que soy yo a mi mamá, teniendo en cuenta que nadie acá la conocer (o muy pocos) se me había quedado olvidado por ahí hasta que me puse a cocinar con seriedad.
Aprovechando que tengo horno microondas y puedo descongelar, decidí tener un fin de semana de recetas de verdad. Ya saben, nada de comida precocida, ni hecha para microondas. Descongele carne, lave lechugas, corte y sancoche tomates, e hice mi mejor intento de sazonar. En determinado momento salí a abrirle la puerta a un amigo que llego a traerme unos discos y me saludo con “y tu que haces con ese trapo en el hombro”.
Y entonces lo supe. Yo cocino como mi mamá. Con un trapo siempre en el hombro por que odiamos sentir las manos sucias. Uds no saben la cantidad de veces que yo pelíe por ese trapo que ella, o bien olvidaba quitarse cuando salía de la cocina; o olvidaba en alguno de los cuartos y después eran 3 horas de búsqueda infructuosa.
El domingo entendí y recordé que yo, sobre todas las cosas, soy igualita a mi mamá.
Wednesday, October 01, 2008
Flaco consuelo
Por que haya afuera hay alguien que hace arte con las desgracias diarias de aquellos que estamos condenados a una vida en los cubículos. Vaya a verlo